viernes, 10 de mayo de 2019

Una sociedad felizmente indisciplinada

Si bien es cierto que en el mundo existen una infinidad de culturas, de las cuales envidiamos sus costumbres o muchas veces las criticamos; y, de estos casos no está exento mi entorno.

Todos los días me estreso en el tráfico de una ciudad congestionada, que no tiene solución y cada vez es peor, reconozco que el enojo o la impotencia que se genera en mi lugar de trabajo, lo expongo en las calles de la ciudad, pero es tan indignante ver como existen personas que solo buscan su comodidad y mientras el resto nos sentimos incomodos.

He reflexionado mucho sobre estos aspectos y concluyo que la sociedad ha perdido el sentido de integridad, todos cometemos actos que se contraponen a su significado, porque hemos perdido los valores y principios para una buena convivencia, debido a una sociedad que crece indisciplinadamente y sus costumbres crean nuevas generaciones que aprendieron a vivir con estos actos como algo normal.

Mientras varias personas esperamos la fila para un cruce de vehículos, contribuyendo a que todo lleve un orden, existen personas que se adelantan en forma paralela para cruzar primeros y sus hijos aprenden de esto.

Cuando estamos en el supermercado en la fila para el pago y se abre un nuevo punto de pago, todos corren y se ubica en orden de viveza; es decir, el primero en ver como se abre el punto de pago.

Estamos transitando en una vía y no existe espacio de parqueo y se estacionan en doble fila hasta realizar las actividades que necesitan, mientras tanto los vehículos de atrás deben esperar.

Se deja el espacio de seguridad entre vehículos, pero el que tiene mayor inteligencia cree que es el espacio justo para cambiarse de carril y de las guías de direccional ni siquiera consideran su uso.

En la calle mientras caminamos y consumimos algún tipo de alimento, dejamos caer los residuos de la envoltura, sin importarnos nada.

Utilizamos fundas plásticas que no son necesarias porque creemos que no pasa nada.

Utilizamos agua en exceso, porque tenemos el dinero suficiente para pagar nuestro consumo, pero no pensamos en lo limitado que se puede convertir este recurso.

En fin, si nos dedicamos a recordar tantas cosas que no son parte de una buena convivencia en la sociedad, pasaríamos horas y horas describiendo estas actitudes. Pero los que comenten y los que vemos como se comete estos hechos, simplemente pasamos con una sonrisa, inconscientes de lo que está pasando, porque nuestra rutina ya se convirtió en nuestra cultura y ahora somos una sociedad felizmente indisciplinada.

De estas personal se abastecen las organizaciones; reclutamos generaciones que se adaptaron a malos hábitos y cada vez están evolucionando, y el simple irrespeto de un padre a la fila de pago, ahora se ha convertido en el irrespeto del hijo a los procedimientos de la organización, buscando en todo momento el beneficio personala y la comodidad propia.

El hijo es el empleado que busca la amistad del jefe para no tener que llenarse de trabajo y mientras tanto los colaboradores que trabajan a tiempo completo, son considerados la contracultura que no encaja en la sociedad. Podría este último grupo ser muy bien valorado por los dueños, los que esperan que su inversión rinda frutos, pero no conocen de estos y creen que el protagonista es el jefe haragán que los controla, sin saber que el solo explota a sus colaboradores, para ser apreciado por el nivel directivo de la organización y mantener su comodidad bien remunerada.

Entonces esta sociedad no va a cambiar, por más que se invierta en buenas escuelas, universidades; las organizaciones inviertan en campañas de valores. Si el padre no sabe respetar la fila de espera, entendiendo que si llegó tarde no puede tener preferencia sobre aquel que madrugó.
 





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